El gran Kazuya me habló una vez y me explicó la vida y el amor. En estos tiempos que corren, uno ya no puede fiarse de los cuentos y por ello me aconsejó que escribiera el mio. Seguí sus palabras ciegamente.
Dejé de buscar príncipes que se convierten en ranas y de morder manzanas envenenadas. Me dejé llevar y el día más inesperado me encontré un diario guardado en un cajón, de encuadernación bohemia y con algunas hojas arrancadas. Algo en el me atrajo y comencé a escribir ahí mi cuento. Y funcionó. Ahora no tengo miedo de cruzar oscuros bosques. Mis zapatos de cristal no me lastiman los pies y puedo seguir bailando hasta más de las 12. Me siento como la Reina de Corazones rodeada de maravillas y todos los días desde entonces me despiertan con un beso.
Me gusta mi diario. Me encanta releer mi cuento. Me ilusiona ver que aún no se han acabado las páginas; quedan muchas aventuras por vivir y castillos encantados que descubrir.
Dedico esta entrada a Deivid Kazuya, que hace mucho que no escribe y se le echa de menos.

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