Camino sin hacer ruido, atento a cualquier sonido extraño. Me paro en cada esquina, expectante y sigiloso, pues salí de casa sin ser visto y no puedo correr peligro. En los callejones me encuentro con mis compañeros a la luz de la luna y entre los cubos buscamos comida fácil.
Por el día vuelvo a casa, donde me esperan los míos. Oigo sus conversaciones y escucho el sonido de sus caricias. Son muy tranquilos, no gritan aunque a veces estallen en carcajadas. Ponen música sensual y divertida y por las noches, cuando me voy a escabullir, los veo abrazados a oscuras viendo alguna película en la tele.
Me gusta este hogar.
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